sábado, 17 de noviembre de 2012

JAIME TORRES BODET




Al finalizar el siglo XIX el país tenía a la mayoría de su población adulta sin la instrucción mínima; al término de la Revolución los gobiernos que ocuparon el poder conocieron el problema y plantearon soluciones que en el papel parecían modernas e innovadoras, pero que en muchos de los casos estaban fuera de la realidad en que vivían los habitantes de las distintas regiones del
país. Hoy, a 75 años de la fundación de la SEP, el problema del analfabetismo en la población mayor de 21 años sigue siendo agudo.
El presente artículo tiene por finalidad presentar los planes y programas de alfabetización que el Estado mexicano ha dictado en diferentes etapas desde 1920 hasta 1982, asimismo se mostrarán los objetivos y metas que se planteaban en las llamadas "Campañas de Alfabetización", cuyo objetivo final era abatir el analfabetismo, sobre todo en la población adulta, y aunque el concepto de educación para adultos se estableció hasta el régimen de López Portillo con la creación del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, es claro que las campañas alfabetizadoras se dirigieron en gran medida a la población mayor de 12 años, puesto que siempre se consideró que la menor a esa edad recibía la alfabetización al incorporarse al sistema de educación primaria.
De tal forma que en las campañas alfabetizadoras no se ha hecho mención de que son dirigidas únicamente a la población adulta, por el contrario, el destinatario no ha sido bien definido. En el papel y en la práctica se puede suponer que era muy importan-FEDERICO LAZARÍN MIRANDA 80 te alfabetizar a los adultos, puesto que se pensó que un individuo alfabetizado era un elemento que se podría incorporar con mayor facilidad a los sectores económicos; por otro lado, algunos de los
planes incluyeron capacitación para el trabajo con la misma finalidad de facilitar la incorporación de la población a las actividades económicas, y en algunos casos se echó mano de la población
Infantil alfabetizada para que ayudara a la alfabetización de los adultos, un ejemplo de ello fue el "Ejército Infantil de Vasconcelos".
Este artículo describe y analiza las distintas campañas de Alfabetización y cómo se buscaba instruir a los adultos en México desde 1920 hasta 1982. Se presentan las seis campañas que ha conocido el país durante ese período, las características que tuvieron, así como los puntos de ruptura y continuidad entre cada una de ellas.

LAS CAMPAÑAS DE ALFABETIZACIÓN, 1920-1982
Educación oficial no sólo significa ofrecer a las personas en edad scolar (6-10 años) instrucción básica, en todos los países del mundo la creación de un sistema educativo significa establecer instituciones que ofrezcan la enseñanza desde los niveles más elementales hasta los superiores. México no ha sido la excepción, durante el siglo XIX se establecieron escuelas que impartían enseñanza a todos los niveles, proceso que a partir del porfiriato se acentuó. No obstante, los índices de analfabetismo en México fueron muy altos en aquel siglo y el período porfiriano.
Definir el término alfabetización no es fácil, se trata de un concepto histórico, es decir, que su significado cambia con el tiempo, de acuerdo con la evolución de la sociedad, cultura, economía, ciencia y tecnología. Por ejemplo, hace algunos meses observé un anuncio publicitario de una academia de cómputo que decía: "no sea analfabeta, aprenda computación". El ejemplo parece trivial, pero hace apenas 100 años ser analfabeta significaba no saber leer ni escribir, así como realizar las cuatro operaciones fundamentales de la matemática (sumar, restar, multiplicar yLAS CAMPAÑAS DE ALFABETIZACIÓN Y LA INSTRUCCIÓN DE LOS ADULTOS dividir). Hoy día parece que no basta con poseer esos conocimientos para dejar de ser analfabeta.

Este hecho también se puede observar en las políticas implementadas por el Estado. Para la realización de los censos en México, desde el primero, de 1895, hasta el de 1990, se ha hecho la distinción entre alfabeta y analfabeta, con sólo preguntar si las personas saben leer y escribir, las distintas administraciones que ha tenido la SEP han tratado de resolver el problema de diferentes formas. Desde la impartición de los conocimientos más elementales para leer y escribir, hasta ofrecer los conocimientos para que el individuo cuente con una cultura más amplia
o dotarlo de capacitación para el trabajo.
De hecho, con el sistema escolarizado de educación básica que se estableció en el país, desde la era porfiriana, se intentaba abatir el analfabetismo en la población de 6 a 10 años, pero esto
no resolvió el problema en su totalidad, puesto que nada garantiza que un individuo que concluya la primaria, 20 años después siga estando alfabetizado, ya que por falta de práctica en la lectura y la escritura puede convertirse en un analfabeta funcional.
El problema del analfabetismo en la población de 10 años en adelante ha sido constante en México. Pese a las seis grandes campañas de alfabetización que se han dado en el país el dilema
no ha sido resuelto. La primera de éstas durante los años de 1920- 1922 fue impulsada por José Vasconcelos, primero desde la Universidad Nacional de México en 1920, y fue llevada a la SEP en 1921; la segunda, en 1934, por el régimen  de Cárdenas, sin tanta propaganda como la anterior e inserta en el Programa Nacional de Educación impulsado por su administración; la tercera, en
1946, con Torres Bodet en la Secretaría; en 1958 se implementó la cuarta con el retorno de Torres Bodet a la educación, la quinta, en 1968, en los últimos años del sexenio de Díaz Ordaz, y la
sexta durante el sexenio de López Portillo en 1981, para la que se creó el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA).
En términos formales estas seis han sido las campañas alfabetizadoras que ha tenido el país, pero en la práctica no ha habido administración presidencial, ni secretario de educación FEDERICO LAZARÍN MIRANDA que no hable o establezca dentro de sus planes y programas educativos la necesidad de abatir el analfabetismo durante su gestión; la alfabetización de la población infantil y adulta ha sido una meta de cada gobierno en turno, para la cual se han creado infinidad de instituciones y organismos dirigidos a solucionar el problema desde las escuelas primarias, las rurales, las nocturnas, las misiones culturales, la educación extraescolar, hasta la educación de adultos.
Durante el porfiriato se establecía que la existencia de población adulta que no sabía leer ni escribir significaba un problema para el país, se pensaba entonces, que la instrucción pública era el mecanismo para abatir el analfabetismo, además de fortalecer la unidad nacional, y, por tanto, sería fuerte ligadura para integrar a los mexicanos. Para Díaz, la educación idéntica de todos los ciudadanos propiciaría que sus "métodos e ideales puedan armonizar y se intensifique así la unidad nacional. Cuando los hombres leen y piensan del mismo modo [obran] del mismo
modo". Durante los años de la Revolución la idea de alfabetizar a la población siguió presente en los distintos personajes que ocuparon el poder, no obstante la guerra civil que se desarrollaba en
distintos frentes, Madero y Carranza pusieron el dedo en el renglón: para Madero "además de alfabetizar [a la población] era necesario proporcionar conocimientos prácticos, de ser posible un
oficio". Por su parte, el carrancismo continuó con la idea de la obligación que tenía el Estado de alfabetizar a la población, pero Félix F. Palavicini, encargado de la Secretaría de Instrucción Pú- blica, por Carranza, pensaba que "paralela a la lucha contra el analfabetismo" se debía "proporcionar" a los individuos "una instrucción de tipo técnico, capacitar al futuro obrero". De tal forma que "la enseñanza debería ser una transición fácil entre la escuela y el taller, pues hasta ese momento la preparación escolar no correspondía a los requerimientos del último". El propugnaba
porque "desde los últimos años de la primaria se proporcionaría al alumno el aprendizaje de un oficio. Así se integraría la instrucción elemental y la profesional", su lema era "el taller en la escuela y la escuela en el taller. Palavicini recogía la preocupación porLAS CAMPAÑAS DE ALFABETIZACIÓN Y LA INSTRUCCIÓN DE LOS ADULTOS
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el analfabetismo, pero subrayaba la educación técnica, que sería la más necesaria en el nuevo tipo de sociedad". En el nivel de los gobiernos estatales sólo se conocen dos proyectos de alfabetización documentados por Carmen Ramos: [En el estado de Coahuila en...] 1915 se exhibió un decreto que se ocupaba de la educación para adultos.
En él se expresaba la urgencia de proporcionar a los obreros conocimientos para el buen desempeño de sus labores; también allí el establecimiento de buenas escuelas para adultos acabaría con el analfabetismo. Se abriría una escuela en cada cabecera de distrito y en las ciudades de 5 a 10 mil habitantes, una para cada sexo.
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El otro correspondió a Yucatán, estado donde se promulgó una Ley de Enseñanza Rural para luchar
contra el analfabetismo. De acuerdo con esta ley se establecieron escuelas rurales para educar a los hijos de las familias "que habitan en las haciendas o fincas rústicas" [de dos tipos] para niños de 7 a 12 años y otra para jóvenes de 13 a 21 años. Ello hizo a Yucatán
pionero de la alfabetización rural.
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En un estudio anterior acerca de la política educativa observé la continuidad que se dio en las políticas educativas entre los distintos gobiernos que estuvieron en el poder durante el período
que abarca este ensayo, en este sentido los programas de alfabetización son una buena muestra de dicha continuidad. Como e presenta en los ejemplos anteriores, ya desde el porfiriato se
veía al analfabetismo como una de las grandes tareas a resolver  el Estado mexicano, y es aquí donde reside una de las principales causas de su fracaso: fue tomado como una tarea del Estado nacional y no de la sociedad, de tal manera que la carga más fuerte en cuanto a planeación, organización y financiamiento recayó en el propio Estado, no obstante que en las campañas de
1920-1922, 1936 y 1944, se invitó a todos los integrantes de la sociedad a participar en estas campañas, el mayor peso de su operación recayó en la administración pública
.
La primera campaña formal de alfabetización fue imple-FEDERICO LAZARÍN MIRANDA mentada por José Vasconcelos desde la rectoría de la Universidad Nacional de México, ambiciosa campaña con la que se buscaba solventar la falta de instrucción que había tenido la población, se pensaba que los diez años de guerra que había sufrido el país habían repercutido en la instrucción de la población, por lo que el analfabetismo de los adultos era muy alto, "la campaña de
alfabetización fue precedida por una verdadera campaña ideológica. Mediante una serie de circulares publicadas por la prensa capitalina [...] el rector invitó al público a colaborar en esta obra de redención nacional", el censo de 1921 (con todos sus problemas para realizarlo) dio una fotografía aproximada del problema: el 66.1% de la población total, el 62.98% de los hombres y el
69.26% de las mujeres no sabía leer ni escribir.
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Para 1921 la Campaña se trasladó a la SEP como una Dirección a cargo de Eulalia Guzmán, recibió mucha propaganda oficial, incluso se echó mano de los periódicos más importantes de la Ciudad de México, se formó un ejército de niños con instrucción primaria y un número importante de maestros honorarios (3 022) para marzo de 1922, cada uno de ellos debía colaborar con la labor alfabetizadora, se establecieron escuelas nocturnas urbanas para adultos y en el campo esta labor recayó en las misiones culturales y en las escuelas rurales.
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La tarea alfabetizadora fue presentada como una misión de urgencia y el alfabeto como un ser nocivo, como una rémora y como una carga para el país. Dando muestras de un exagerado optimismo en los poderes de la educación, las autoridades afirmaban que saber leer y escribir volvería fuerte al pueblo y sería la base de la independencia nacional.
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No obstante el entusiasmo inicial, con la salida de Vasconcelos de la SEP en 1924, la Campaña quedó como uno más de los proyectos educativos del gobierno y durante el régimen de
Calles desapareció; el problema de la alfabetización ni siquiera se mencionó en las administraciones del propio Calles, Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez. Ello se puede constatar al revisar las memorias y boletines de la Secretaría de 1924 a 1934, es decir, que en diez años no se dio noticia sobre la LAS CAMPAÑAS DE ALFABETIZACIÓN Y LA INSTRUCCIÓN DE
Campaña, y aunque en 1926 se instauró la Campaña Desanalfabetizadora, da la impresión de que se pensaba que como estaba conformado el sistema educativo bastaba para abatir el analfabetismo. Por esta falta de información no se puede precisar cuál era la posición de los gobiernos de Calles y del maximato ante la Campaña, pero por la pugna que existió entre Vasconcelos y el propio Calles por el poder, es factible pensar que este silencio se debió más bien a razones políticas que técnicas y operativas.
El censo de 1930 mostró que el analfabetismo en el país seguía siendo un problema grave, en los nueve años que van de 1921 a 1930 sólo se había reducido en un 5% la población analfabeta total de 66.1% (1921) a 61.5% (1930) y en términos absolutos el número de analfabetas había aumentado de 6 973  855 en el primer año a 7 223 901 en el segundo.
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A pesar de ello, fue hasta la llegada de Lázaro Cárdenas al poder que se tomó nuevamente la idea de erradicar el analfabetismo del país, para lo cual el programa educativo presentado por
el gobierno cardenista contenía un proyecto de alfabetización de la población que "tuvo dos momentos culminantes: la campaña de 1936 y la Campaña Nacional de Educación Popular en 1937".
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Nuevamente la propaganda sobre la Campaña tomó tintes de cruzada redentora nacional, el propio Cárdenas la encabezó como presidente de la República, al igual que en 1920 se invitó a la
sociedad a participar en esta tarea, e incluso se ordenó a otras dependencias y departamentos del gobierno a trabajar en la campaña y se invitó a "organizaciones políticas, centrales obreras y
grupos campesinos" a "establecer centros de alfabetización, imprimir carteles y folletos, [así como a] organizar representaciones y exhibiciones".
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La labor de esta campaña alfabetizadora sería complementada a partir de 1937 con otra campaña: la de Pro-educación Popular con la cual el gobierno se comprometía a "desanalfabetizar" al país en tres años, además de lograr el "mejoramiento técnico y cultural de los maestros [así como] la elevación del nivel higiénico de las comunidades y viviendas para obreros".
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La propaganda intentó convencer a la población de la necesidad de llevar a buen término los objetivos y metas de la campaña, y aunque despertó interés en algunos sectores sociales "no
llegó a tener el favor casi mítico o el acendrado patriotismo de la campaña vasconcelista".
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 Para el año de 1940 el censo de población reflejaba pocos avances en la materia, a tal grado que el porcentaje no sólo no había disminuido, sino que por el contrario, tanto en términos absolutos como porcentuales el problema se había acentuado, puesto que en 1930 el analfabetismo total alcanzaba al 61.5% (7 223 901 personas) de la población total del país y en 1940, el total de analfabetas fue del 64% (7 543 952 personas)".
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El problema fue atacado hasta 1944, algunos meses después que ocupara la cartera de educación Jaime Torres Bodet,en diciembre de 1943, se planteó una nueva campaña contra el analfabetismo, para la que se echaría mano de todas las armas que la propaganda de la época permitía, "el interés era evidentemente político: acabar con viejos rencores y odios que hicieron crisis en el sexenio anterior y unir al país nuevamente, integrando por medio de la lectura a todos los habitantes".
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 Las metas de la campaña permiten apreciar este sentido político que tuvo el programa, al que alude Valentina Torres:
La Campaña contra el Analfabetismo tiene varias finalidades. Una inmediata y directa: enseñar a leer y escribir a los iletrados. Otra, mediata: servir de ensayo para una extensa labor educativa de carácter extraescolar (Torres Bodet escribiría en la memoria del sexenio 1940-1946 y añadiría además que) el mejor producto de la Campaña consistirá en haber depurado la noción de solidaridad de nuestra república y en que los iletrados se hayan reconocido unos a otros
y hayan comprendido el problema de su existencia, viendo en sí propios -y en iguales- cómo hay en todos un mismo fondo de júbilo y dolor, una misma ambición de justicia y un mismo espíritu de bondad, de paz, de progreso humano.
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Esta campaña no tendría los fines economicistas que tuvieron sus predecesoras, en las que era importante la alfabetización de los individuos para que pudieran mejorar sus oportunidades de empleo y de ingresos, por lo menos eso era lo que en  discurso se pretendía; ahora, esta empresa, desde el punto de lista de Torres Bodet, constituía "una contribución a la paz del
mundo", puesto que se tenía la esperanza "de que el hombre" aprendiera a "leer el corazón del hombre y no encuentre ahí", como sucedió en los primeros años de la década de 1940, "un
mutilado mensaje de cólera y de rencor sino una máxima de energía y una lección de fraternidad".
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 El discurso refleja la realidad que vivía la política internacional en 1946. Se llevaba un año desde que se había derrotado a las potencias del eje en la Segunda Guerra Mundial, por lo que la alocución está más acorde con la política internacional, que con las necesidades de la población analfabeta del país.
Un elemento importante en la administración educativa de Torres Bodet es que por primera vez se tomó conciencia de que no bastaba con alfabetizar a la población puesto que al paso del
tiempo se convertían en analfabetas por "desuso", es decir aquellos "cuya condición resulta más deprimente son los que fueron de niños a alguna escuela y que más tarde, por falta de libros, de
diarios o de revistas, olvidaron lo que aprendieron", para evitar este mal que se definió como analfabetismo funcional, era necesario el "mejoramiento de nuestras bibliotecas y multiplicar la edición de publicaciones a bajo precio".
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Pese al discurso, la propaganda y el optimismo oficial puesto en la Campaña [...] la desproporción numérica de los iletrados en algunas regiones en relación con los que sabían leer y escribir, la escasez de tiempo o los imperativos econó- micos de los iletrados, la carencia de alumbrado, mobiliario y útiles escolares. Asimismo, la heterogeneidad mental de los analfabetos, diferencia de edades, falta de preparación cívica, del clima, la dispersión, la incomunicación, hicieron muy difícil su realización.
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La campaña alfabetizadora de Torres Bodet no concluyó en 1946, el gobierno de Alemán la adoptó para su sexenio (1946-1952). Quedó institucionalizada en 1948 cuando se estableció la Dirección General de Alfabetización y Educación Extraescolar dependiente de la SEP, a la que se le dotó de aproximadamente  8 104 196.00, para su operación y que estaba integrada por las misiones culturales, escuelas de alfabetización, centros colectivos de alfabetización, cursos de alfabetización para el personal del ejército y un Instituto de Alfabetización para Comunidades
Indígenas Monolingües.
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 Con esta dependencia se intentó dar continuidad a la Campaña de Torres Bodet y se prosiguieron los trabajos de alfabetización hasta el final del sexenio.
Para el año de 1954 el analfabetismo seguía siendo "un grave problema y una responsabilidad nacional. El año anterior exhorté, y reitero hoy mi llamado a la colectividad a contribuir con el esfuerzo personal y la cooperación económica en esta tarea patriótica. Todavía de cada dos compatriotas, uno no lee ni escribe",
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 como se aprecia en las palabras de José Angel Ceniceros, Secretario de Educación durante el gobierno de Ruiz Cortines, no obstante los esfuerzos el problema del analfabetismo no se
había erradicado del país, de tal forma que la Dirección General para la Alfabetización siguió existiendo y, a través de ella, se intentó erradicar el analfabetismo en México.
En el informe correspondiente al año de 1957, Ceniceros expone que se alfabetizó a 345 mil personas, pero que aún persistía el problema y por cada dos mexicanos sólo uno sabía leer y escribir; a la escasez de recursos se sumaba el elevado porcentaje de adultos reacios a alfabetizarse y al crecimiento natural de la población, cuyo incremento anual, no guardaba equilibrio con el número de personas mayores de seis años que alcanzaban ese beneficio en el mismo tiempo.
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La administración de López Mateos (1958-1964) significó el regreso de Jaime Torres Bodet a la titularidad de la SEP, quien propuso el Plan de Once Años y una nueva etapa en los programas de alfabetización y educación extraescolar que ponía énfasis en la idea de que alfabetizar no significaba simplemente enseñar a leer y escribir, sino impartir conocimientos prácticos de utilidad inmediata para lograr el mejoramiento de los niveles de vida del hombre y su comunidad.
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Desde 1959 se transformó el discurso acerca de lo que significaba la alfabetización, ya no se trataría tan sólo de la enseñanza de la lectura, escritura y los conocimientos elementales
de la aritmética", ni se impartirían conocimientos  para el mejoramiento del hogar, contra la ignorancia, y contra la injusticia social. Se pretendía, asimismo, capacitar al individuo
para la vida en la comunidad, fijándole ideales de conducta que le permitieran compenetrarse de los valores culturales, físicos y sociales, necesarios para la felicidad humana, mediante el desarrollo de programas funcionales de tipo integral.
Se decía que los servicios de alfabetización habían recibido una transformación, puesto que ya no se concretarían exclusivamente a la enseñanza de la lectura-escritura y los conocimientos elementales de la aritmética. Ahora los trabajos se coordinarían con las misiones culturales aprovechando los medios mecá- nicos y de educación audiovisual de la época, para: promover la actividad cultural en radios de acción mucho más amplios, a fin de lograr la superación de los niveles de vida de las comunidades insuficientemente desarrolladas y, en concreto, el mejoramiento de la relación con estos cuatro puntos básicos en que se funda el programa de gobierno del actual régimen: lucha contra la miseria, contra la insalubridad, contra la ignorancia, y contra la injusticia social.
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La campaña de alfabetización de Torres Bodet se continuó durante el sexenio de Díaz Ordaz, en términos generales no sufrió cambios sustantivos en los primeros años de esa administración, hasta el año de 1968, se empezó a plantear la revisión de la campaña de alfabetización y a plantearse una reforma de la misma, por lo que no sería una campaña "tradicional", como las que había conocido antes el país, sino que ahora, también: seguía algunos lineamientos establecidos por la UNESCO: se vincularía estrechamente con el desarrollo económico y para mayor eficacia se iniciaría en forma concentrada dentro de las regiones que en cada entidad presentaran el más alto nivel social y económico. No se buscaba favorecer a todos los analfabetos o hacer llegar "luz hasta los más oscuros rincones del país" como en la campaña vasconcelista, por ejemplo.
De acuerdo con los postulados de la alfabetización funcional, la campaña fue selectiva, se realizó en forma gradual y no tratando de atender a toda una región sino sólo aquellas áreas en las que los alumnos estuvieran real o potencialmente incorporados a la producción agrícola o industrial.
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De tal forma que la política de aprender haciendo y enseñar produciendo se llevó a la campaña alfabetizadora, pero como se puede observar, ya no se veía a la alfabetización como el elemento que propiciaría el desarrollo económico de los individuos, ahora era importante llevarla a los lugares en donde existía algún sector económico dinámico, quedaba claro que éste necesitaría
mano de obra instruida; en las áreas con atraso económico ya no era necesaria, puesto que no existía ni comercio, ni servicios y mucho menos industria que necesitara mano de obra alfabeto,  or lo que no valía la pena invertir en la alfabetización de población en esas regiones. Durante el último sexenio que corresponde al período de estudio de este artículo se instrumentó una nueva campaña de alfabetización. En el gobierno de López Portillo se observó que pese a las anteriores campañas y a que la SEP llevaba funcionando casi 60 años, en el país aún existían personas que no sabían leer y escribir, o que no habían culminado su educación básica y que hablaban sólo un idioma que no era el español (monolingües se les denominaba), según el censo de población del año de 1980, el 65% de la población de 15 y más años, esto era "dos de cada tres adultos" nunca habían terminado su educación primaria, de ellos aproximadamente "seis millones" no sabían leer
y escribir, "más de trece millones" eran los que no contaban con primaria completa y "más de siete millones no habían cursado la secundaria completa"; por lo que en términos absolutos el número de analfabetos había "permanecido constante durante los últimos años".
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De tal forma que en 1981 -¡a un año de finalizar el régimen!- la SEP estableció su Programa Nacional de Alfabetización, cuya meta más inmediata era alfabetizar a un millón de personas en un año. Para lograr dicho objetivo se creó en ese mismo año el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA) con el  "objeto de promover, organizar e impartir educación básica a los adultos".
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 No obstante que "el programa volvió a la idea original de enseñar a leer y escribir, así como las operaciones funda mentales de las matemáticas para que luego el individuo pudiera seguir en la primaria", a través de los medios tradicionales de enseñanza en aulas nocturnas y diurnas los fines de semana, se echó también mano de la tele alfabetización y la radio bilingüe, tecnologías que aparentemente permitían una penetración a rincones más lejanos a un costo más bajo.
El INEA tenía como meta principal, además de alfabetizar a la población adulta que así lo requiriera, contribuir al "desarrollo de sus capacidades con el fin de que mejoren la calidad de su
vida e impulsen el bienestar social y económico del país".
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 Este nuevo programa desvinculaba la alfabetización como una tarea irigida sólo a la enseñanza de la lectura y la escritura, para que el individuo después pudiese continuar su primaria y/o secundaria, es decir, que se ofrecían los cursos de alfabetización y después los de primaria y secundaria como dos planes distintos y opcionales al individuo. El otro programa propuesto era la capacitación para el trabajo que también se ofrecía como una instrucción opcional para el adulto. Se pretendía, por tanto, "ofrecer capacitación para el trabajo como una continuación de la alfabetización, en forma adicional a la educación básica y complementaria de la promoción cultural".
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 Se pensaba, otra vez, que la sola alfabetización de los individuos no bastaba, que era necesaria la
capacitación para el trabajo, por lo que era necesario "desarrollar la capacidad de una persona o de un grupo social para generar su propio empleo", puesto que los "requerimientos nacionales de una mayor productividad en el campo, la industria y los servicios", así lo precisaban para ayudar a las "personas adultas [a] mejorar en su trabajo o conseguir empleo".
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REFLEXIONES FINALES
A lo largo de este artículo se presentan las políticas que ha seguido el Estado mexicano para la alfabetización de la población en general y adulta en particular durante el período 1929-1982, a
través de los distintos planes y programas que siguieron los gobiernos y administraciones de la educación en el país. Se puede observar que a pesar de los cambios sexenales en la presidencia
y, en ocasiones, en menor tiempo de los secretarios de educación, sus planes y proyectos han tenido cierta continuidad en cuanto a los grandes objetivos y metas trazadas, así como en la ideología educativa; no obstante, los puntos de ruptura que podrían significar esos cambios en lo administrativo, en lo político e ideológico, las transformaciones no fueron muchas.
Esos puntos de cambio se pueden observar más bien en la forma de presentar los planes, proyectos y campañas, en las pedagogías y teorías educativas, en los organismos y dependencias encargadas de llevarlos a cabo.
Al parecer el hilo conductor que guió a las autoridades educativas en su actuación durante los 60 años que estudiamos fue el liberalismo, no es de sorprender que los grandes personajes
de la historia y el civismo en México son los liberales del siglo XIX mexicano -Mora, Gómez Farías y Juárez, por mencionar a algunos de ellos- mismos que desde aquella temprana época plasmaron sus ideas sobre la nación, el gobierno, la democracia y la educación que hoy nos rigen.
Tres elementos son de destacarse durante el período de este trabajo: en primer lugar, se encuentran los dos subperíodos que caracterizan el lapso comprendido entre 1920 y 1982 en la tarea alfabetizadora. La alfabetización rural y para la comunidad de los años 1920-1940, y la alfabetización enfocada a la tarea industrializadora del país, subordinada entonces a lograr la creación de una población instruida que respondiera a las necesidades generadas en las ciudades por las empresas industriales y comerciales, así como los servicios.

El segundo se refiere a la desvinculación que se hizo de la alfabetización de su contexto social, a tal grado que se pensaba que la alfabetización sería una de las piedras angulares que sacarían al país de su atraso económico y social; así se planteó la enseñanza de lectura y escritura gratuita, pero no se cuestionó acerca de las condiciones de vida de la población, que estaba exenta de pagar cuotas de inscripción, pero que debía solventar los gastos de materiales, vestido y alimentación de la familia y en ocasiones de la propia escuela y el maestro de la localidad, cuando apenas se tenía lo mínimo indispensable para sobrevivir.

En tercer lugar, se halla la idea económica que presenta a la educación como una variable independiente que fomentará el desarrollo económico del país y que estuvo presente, aunque
con diferentes matices y grados de importancia para cada administración en turno, a lo largo del eríodo. En ocasiones se planteó de una manera más implícita que explícita, pero en general
prevaleció la idea de que, tanto la educación como la alfabetización favorecen el progreso económico, no sólo del individuo, sino también de la nación, por lo que era importante promoverlos y lograr que la mayoría de la población contara con los "mínimos
indispensables" de alfabetización y educación.
En este sentido se jugó con dos conceptos: cultura y capacitación para el trabajo, así en ocasiones pareció tener mayor relevancia crear individuos que no únicamente supieran leer y
escribir, sino que también tuvieran una cultura amplia (concepto
que nunca definió el Estado) y, en otros, prevaleció la idea, un
tanto más utilitaria, de que era indispensable además de la lectura y la escritura dotar al individuo de armas teóricas y prácticas para mejorar su calidad como trabajador y con ello elevar su productividad en sus labores y, aparentemente, elevar sus niveles
de vida.
Es difícil medir y establecer el éxito de esos programas que en la mayor parte de las veces han sido sexenales en cuanto a planeación, organización y operación, por lo que sus resultados
no son tan fáciles de observar, de lo que sí nos podemos percatar es que hoy en día el deterioro educativo de la mayoría de la población adulta es un hecho y que a casi 75 años de funcionamiento de la SEP, el problema de la alfabetización y educación de la población sigue siendo una cuestión a resolver por la sociedad mexicana.

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